Conversaciones difíciles, límites y acuerdos: lo que pasa en un equipo mientras seguimos dejando una conversación para después.
“Después lo hablo.”
Sabemos que algo nos molestó, que un acuerdo no se cumplió o que una forma de trabajar que no nos satisface se viene repitiendo.
Pasa el día, aparece otro tema y la conversación queda para después.
A veces postergamos una conversación difícil porque no sabemos bien cómo encararla. Otras porque pensamos que quizás el tema se acomode solo, queremos cuidar el vínculo o tememos la reacción de la otra persona.
Y durante un tiempo hasta puede parecer que funciona. La conversación no ocurre, pero el equipo sigue trabajando y el tema queda ahí, mezclado entre otras cosas.
El problema es que lo que no conversamos también empieza a producir efectos.
Qué pasa cuando evitamos una conversación difícil
Cuando algo no se cumple y nadie lo nombra, empezamos a completar los espacios vacíos con nuestras propias interpretaciones:
“no le importa”,
“otra vez hizo lo mismo”,
“evidentemente no puedo confiar”,
“si no lo hago yo, no sucede”.
Puede que algo de eso sea cierto. O puede que no.
Sin una conversación que permita contrastarlo, esa historia empieza a crecer.
Y algo que comenzó como una incomodidad puntual puede meterse de a poco en la relación y en la forma de trabajar juntos.
Cambia cómo pedimos, cómo respondemos, cuánto confiamos y qué delegamos. Tal vez empezamos a controlar más, tenemos menos paciencia o tomamos distancia sin que el otro termine de entender qué pasó.
En algún punto, evitamos una conversación para cuidar el vínculo y terminamos relacionándonos desde algo que nunca pusimos sobre la mesa.
Los límites que nunca pusimos en palabras
Algo parecido ocurre con los límites.
Esperamos que el otro se dé cuenta de que está pidiendo demasiado, que esa urgencia no corresponde, que determinada forma de trabajar nos complica o que el acuerdo que nosotros habíamos entendido era otro.
Pero hay algo incómodo acá: el otro no siempre sabe que ahí había un límite.
Si nunca lo pusimos en palabras, para nosotros puede ser evidente y para la otra persona, simplemente, no existir.
Por eso las conversaciones difíciles también cumplen una función importante dentro de los equipos: permiten hacer visibles expectativas, límites, acuerdos y formas de trabajar que muchas veces damos por supuestas.
Tener una conversación difícil no significa reaccionar inmediatamente
Que haya una conversación pendiente tampoco significa que tengamos que hablar en el mismo momento en que algo nos incomoda.
A veces necesitamos esperar para entender mejor qué pasó, ordenar lo que sentimos o tomar cierta distancia. Incluso puede ser necesario hacerlo para no entrar a la conversación tomados por el enojo.
Una pausa puede ayudarnos a conversar mejor.
La diferencia está en qué hacemos con esa pausa.
Podemos usarla para ordenar lo que pasó y preparar la conversación. O podemos convertirla, casi sin darnos cuenta, en una postergación indefinida.
Una pregunta que puede ayudar es:
¿Qué está produciendo en el equipo el hecho de que todavía no estemos teniendo esta conversación?
Cómo abrir una conversación difícil
Abrir una conversación difícil no requiere llegar con todas las respuestas.
Sí requiere poder poner en palabras lo que observamos, lo que habíamos entendido y aquello que necesitamos revisar.
Por ejemplo:
“Necesito que revisemos esto. Yo había entendido que íbamos a avanzar de esta manera y no sucedió. ¿Qué pasó?”
La pregunta parece sencilla, pero exige algo que no siempre hacemos: estar realmente dispuestos a escuchar la respuesta.
Porque muchas veces llegamos a estas conversaciones con una historia bastante armada.
Ya interpretamos por qué el otro hizo lo que hizo, qué intención tuvo, cuánto le importa o cuánto podemos confiar. Preguntamos, pero en realidad estamos buscando confirmar lo que ya pensamos.
Entrar a la conversación para entender al otro
Una conversación difícil cambia cuando existe un deseo genuino de entender qué pasó del otro lado.
Eso implica poder suspender, aunque sea por un momento, nuestra propia explicación y dejar lugar para que aparezca información que quizás no teníamos, otra manera de mirar la situación o incluso algo que nos obligue a revisar nuestra interpretación.
Escuchar al otro no significa dejar de plantear lo que necesitamos ni relativizar un incumplimiento o un límite.
Significa que hay realmente una conversación.
Desde ahí podemos poner sobre la mesa qué habíamos entendido, qué ocurrió, qué necesita cada parte y qué hace falta hacer a partir de ahora.
Tal vez haya que volver a acordar, aclarar una responsabilidad, poner un límite o cambiar una forma de trabajar.
Y muchas veces eso empieza por llegar a la conversación con un poco menos de certeza acerca de la historia que ya nos contamos.
Para llevarte hoy: cuando entrás a una conversación difícil, ¿cuánto espacio dejás para entender qué le pasó al otro y cuánto llegás con la historia ya armada?