No es pasivo. No es esperar. Es una habilidad que se construye.
Hace muchos años estaba dando una charla sobre escucha.
Hablaba de la importancia de mirar a los ojos, de estar presentes, de no hacer otra cosa mientras alguien nos habla, de no estar con el cuerpo en un lugar y la cabeza en otro.
Hasta que mi hijo, que en ese momento tendría unos 6 años y estaba presente en la charla, levantó la mano desde el fondo y me dijo: “Pero mami, eso no es lo que hacés, porque cuando yo hablo vos estás con el celu”.
Y ahí me quedé, porque es fácil hablar sobre la escucha, pero no siempre nos resulta tan fácil llevarlo a la práctica.
Muchas veces creemos que escuchamos porque dejamos de hablar, no interrumpimos, asentimos, miramos más o menos, esperamos a que el otro termine…pero mientras tanto, por dentro ya estamos armando la respuesta
Y eso, aunque parezca escucha, muchas veces no lo es.
Escuchar requiere otra disponibilidad: no solo de tiempo, sino de presencia.
Y esto no significa que tengamos que estar siempre en calma, con todo resuelto y con una atención perfecta, eso sería poco real.
Venimos de reuniones, urgencias, mensajes, temas pendientes, decisiones que tomar. Todo eso impacta, claro, en la forma en que escuchamos, pero justamente por eso escuchar es una práctica.
Escuchar implica hacer un pequeño movimiento interno: dejar por un momento la necesidad de responder rápido para poder entender mejor qué está trayendo el otro.
A veces alguien del equipo nos cuenta un problema y enseguida queremos resolver. O nos trae una incomodidad y queremos explicarle por qué no es tan así. O nos comparte una dificultad y ya estamos pensando qué debería hacer distinto.
Y tal vez algo de eso haga falta después., pero si aparece demasiado rápido, puede cortar algo importante: la posibilidad de que el otro termine de poner en palabras lo que le pasa, lo que necesita, lo que entiende o lo que todavía no logra ordenar.
Escuchar no es quedarse callado sin hacer nada. Escuchar también es preguntar mejor, es validar si entendimos, es pedir un ejemplo. Es registrar lo que se dice, pero también lo que aparece en el tono, en las pausas, en lo que cuesta nombrar.
La comunicación no es lineal, entre lo que una persona dice y lo que otra escucha siempre hay una brecha.
El otro dice algo desde su historia, su emoción, su contexto, su manera de mirar y nosotros escuchamos desde la nuestra. Y en el medio pueden aparecer supuestos, interpretaciones, defensas, apuros, ganas de ayudar, necesidad de tener razón.
Escuchar es un acto de liderazgo, una forma de intervenir.
Porque cuando escuchamos de verdad, también habilitamos que aparezcan cosas que, de otra manera, tal vez quedarían afuera: una preocupación, una idea, una tensión, una señal temprana, una conversación pendiente.
En las conversaciones importantes que estás teniendo, ¿estás realmente escuchando para entender?